domingo, 11 de octubre de 2015

La Complementariedad entre lo prosaico y lo poético 9

 La complementariedad entre  Lo Prosaico y lo Poético 9
 María Zambrano
Pensamiento y Poesía(del libro Filosofía y Poesía de María Zambrano)
Segunda parte

María   Zambrano Fragmentos
El otro camino es el del poeta. El poeta no renunciaba ni apenas buscaba, porque tenía. Tenía por lo pronto lo que ante sí, antes sus ojos, oídos y tacto, aparecía; tenía lo que miraba y escuchaba, lo que tocaba, pero también lo que aparecía en sus sueños, y sus propios fantasmas interiores mezclados en tal forma con los otros, con los que vagaban fuera, que juntos formaban un mundo abierto donde todo era posible. Los lími­tes se alteraban de tal modo que acababa por no haberlos. Los límites de lo que descubre el filósofo, en cambio, se van pre­cisando y distinguiendo de tal manera que se ha formado ya un mundo con su orden y perspectiva, donde ya existe el prin­cipio y lo "principiado"; la forma y lo que está bajo ella.
El camino de la filosofía es el más claro, el más seguro; la Filosofía ha vencido en el conocimiento pues que ha conquis­tado algo firme, algo tan verdadero, compacto e independien­te que es absoluto, que en nada se apoya y todo viene a apo­yarse en él. La aspereza del camino y la renuncia ascética ha sido largamente compensada (...).
La poesía perseguía, entre tanto, la multiplicidad desdeña­da, la menospreciada heterogeneidad. El poeta enamorado de las cosas se apega a ellas, a cada una de ellas y las sigue a través del laberinto del tiempo, del cambio, sin poder renun­ciar a nada: (...)
Con esto tocamos el punto más delicado quizá de todos: el que proviene de la consideración "unidad-heterogeneidad". Hemos apuntado en las líneas que anteceden, las divergen­cias del camino al dirigirse el filósofo hacia el ser oculto tras las apariencias, y al quedarse el poeta sumido en estas apa­riencias. El ser había sido definido con unidad ante todo, por eso estaba oculto, y esa unidad era sin duda, el imán suscita­dor de la violencia filosófica. Las apariencias se destruyen unas a otras, están en perpetua guerra, quien vive en ellas, perece. Es preciso "salvarse de las apariencias", primero, y salvar des­pués las apariencias mismas: resolverlas, volverlas coherentes con esa invisible unidad (...).
Hay que salvarse de las apariencias, dice el filósofo, por la unidad, mientras el poeta se queda adherido a ellas, a las se­ductoras apariencias, ¿Cómo puede, si es hombre, vivir tan disperso?
Asombrado y disperso es el corazón del poeta -"mi cora­zón latía, atónito y disperso"-. No cabe duda de que este primer momento de asombro, se prolonga mucho en el poe­ta, pero no nos engañemos creyendo que es su estado perma­nente del que no puede salir. No, la poesía tiene también su vuelo; tiene también su unidad, su trasmundo.
De no tener vuelo el poeta, habría poesía, no habría palabra. Toda palabra requiere un alejamiento de la realidad a la que se refiere; toda palabra es también, una liberación de quien la dice. Quien habla aunque sea de las apariencias, no es del todo esclavo; quien habla, aunque sea de la más abiga­rrada multiplicidad, ya ha alcanzado alguna suerte de unidad, pues que embebido en el puro pasmo, prendido a lo que cam­bia y fluye, no acertaría a decir nada, aunque este decir sea un cantar.
Y ya hemos mentado algo afín, muy afín de la poesía, pues que anduvieron mucho tiempo juntas, la música. Y en la mú­sica es donde más suavemente resplandece la unidad. Cada pieza de música es una unidad y sin embargo sólo está com­puesta de fugaces instantes. No ha necesitado el músico echar mano de un ser oculto e idéntico a sí mismo, para alcanzar la transparente e indestructible unidad de sus armonías. No es la misma sin duda, la unidad del ser a que aspira el filósofo a esta unidad asequible que alcanza la música. Por el pronto esta unidad de la música está ya ahí realizada, es una unidad de creación; con lo disperso y pasajero se ha construido algo uno, eterno. Así el poeta, en su poema crea una unidad con la palabra, esas palabras que tratan de apresar lo más tenue, lo más alado, lo más distinto de cada cosa, de cada instante. El poema es ya la unidad no oculta, sino presente; la unidad realizada, diríamos encarnada. El poeta no ejerció violencia alguna sobre las heterogéneas apariencias y sin violencia algu­na también logró la unidad. Al igual que la multiplicidad pri­mero, le fue donada, graciosamente, por obra de las carites.
Pero hay, por el pronto, una diferencia; así como el filósofo si alcanzara la unidad del ser, sería una unidad absoluta, sin mezcla de multiplicidad alguna, la unidad lograda del poeta en el poema es siempre incompleta; y el poeta lo sabe y ahí está su humildad: en conformarse con su frágil unidad logra­da. De ahí ese temblor que queda tras de todo buen poema y esa perspectiva ilimitada, estela que deja toda poesía tras de sí y que nos lleva tras ella; ese espacio abierto que rodea a toda poesía. Pero aun esta unidad lograda aunque completa, parece siempre gratuita en oposición a la unidad filosófica tan ahincadamente perseguida.
El filósofo quiere lo uno, porque lo quiere todo, hemos di­cho. Y el poeta no quiere propiamente todo, porque teme que en este todo no esté en efecto cada una de las cosas y sus matices; el poeta quiere una, cada una de las cosas sin restricción, sin abstracción ni renuncia alguna. Quiere un todo desde el cual se posea cada cosa, mas no entendiendo por cosa esa unidad hecha de sustracciones. La cosa del poeta no es jamás la cosa conceptual del pensamiento, sino la cosa comp­lejísima y real, la cosa fantasmagórica y soñada, la inventa­da, la que hubo y la que no habrá jamás. Quiere la realidad, pero la realidad poética no es sólo la que hay, la que es; sino la que no es; abarca el ser y el no ser en admirable justicia caritativa, pues todo, todo tiene derecho a ser hasta lo que no ha podido ser jamás".
 (MARÍA ZAMBRANO: Filosofía y Poesía, México, F.C.E., 87, pp. 13-25).




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