sábado, 26 de enero de 2019

El Árbol 21


                            El Árbol    21                       
                             Poema de André Barré(S)

                                M I S  Á R B O L E S

¿Por qué no caminan mis árboles?
                         Quizá en algún milenio anterior  lo hicieron
                        y ahora, adheridos a la tierra,
 solos y  gozosos con el viento,
                        se acunan,
                        sintiendo, escuchando  voces,
                        se aquietan
                        Por eso algunos cantan y otros lloran
                        lloran cuando pierden sus hojas en otoño,
                        lloran cuando cercenan y muere un hermano,
                        y como póstuma plegaria,
                        agitan sus brazos desnudos al viento
                        Para consolarse y protegerse
                        forman el bosque y su sotobosque
                        Y así  soñando, se mecen,
haciendo un mar pintado de cielos,
con esperanza que alguien oiga sus voces
y un alma sensible vea sus lágrimas.
Camina  a la sombra del bosque
y atiende su cantar, o a veces su llorar
y sus lamentos,
de haber nacido quietos,
balanceándose,  con garbo al viento


(S) Seudónimo de Alejandro G.Illanes



viernes, 25 de enero de 2019

El Árbol 20


  El Árbol    20

Gabriela Mistral   

TRES ÁRBOLES

    Tres árboles caídos
quedaron a la orilla del sendero.
El leñador los olvidó, y conversan,
apretados de amor, como tres ciegos.
    El sol de ocaso pone
su sangre viva en los hendidos leños
¡y se llevan los vientos la fragancia
de su costado abierto!
    Uno, torcido, tiende
su brazo inmenso y de follaje trémulo
hacia otro, y sus heridas
como dos ojos son, llenos de ruego.
    El leñador los olvidó. La noche
vendrá. Estaré con ellos.
Recibiré en mi corazón sus mansas
resinas. Me serán como de fuego.
¡Y mudos y ceñidos,
nos halle el día en un montón de duelo
                             


jueves, 24 de enero de 2019

El Árbol 19


Árboles 19

Liliana Jara

Joao y su higuera mágica.

Recuerdo a mi amigo Joao, cuando trataba de explicarme cosas que me resultaban tan difíciles de entender. Recién ahora he sabido que aquello fue una suprema muestra de confianza – o de soberbia, quien lo sabe-. En esas religiones hay secretos que no pueden ser develados, mucho menos a los extranjeros. Pero Joao era Pai de Santo, heredero de la más rancia tradición africana y por eso creía que podía darse ciertas licencias. Él manejaba los misterios, viajaba a través del tiempo, dominaba almas y cosas. Por eso era temido y reverenciado.
Joao conocía el secreto de las plantas, mundo misterioso que el dios Osaín no comparte con nadie. Sus hijos están en las plantaciones, sembrando y cosechando. Jamás cortan un árbol. Saben que si lo matan, morirán con él.
Ciertas noches de ritual, Joao hablaba con una higuera. No era un árbol cualquiera. Por su tronco bajaba el mensaje de los Orixas, el alimento de la vida, la fuente del poder. A sus pies, Joao dejaba ofrendas y sacrificios. La higuera –según me explicó- no era una planta, era tan humana como los hombres, los ancestros, los orixas. Unía el cielo con la tierra y ataba a Joao a ese terreiro, ese pequeño reino donde él era amo y señor.
Pero esas eran cuestiones que no podían revelarse. Joao lo sabía y de todas formas me las contó. Poco tiempo después la higuera se secó. Los orixas habían abandonado a mi amigo. Joao murió un par de días después. Todavía lo recuerdo, cantando y dominando la energía vital de hombres y cosas. Ojalá no se haya perdido en el mundo de la nada junto a su amada higuera. Porque quisiera creer que si ambos permanecen en el recuerdo de los vivos, nunca morirán del todo.