martes, 15 de enero de 2013

Conversando desde la Amistad (62)


 Conversando  desde la Amistad(62)
El arte en la cotidianidad
La fotgrafía sin registro
Un texto de Moira Brnsic
Hablando de Educación
He leído el texto de la última entrevista realizada por el cineasta Felipe Monsalve  al fotógrafo Sergio Larraín (fallecido el 2011). Quedé gratamente sorprendida con su opinión: “la fotografía es más que sólo un trabajo estético. Es una forma de expresión, es el resultado de tu mundo interno en composición con la luz. ¿Ves ese jarro que está en la mesa? ¿Ves cómo el rayo de luz entra por la ventana, rebota en la muralla iluminando la mitad de la flor? Esa es una imagen hermosa, una composición perfecta. Juntos hemos tomado una fotografía, hemos hecho el ejercicio fotográfico, sólo que no lo hemos registrado. ¿Te das cuenta? Sigo tomando fotografías, pero ahora sin registro. Pero existió el acto, el instante”.
Vuelvo a mi infancia. Cuatro o cinco años cuando me detenía a observar una chinita andando sobre una hoja de hierba cautivándome la luz y la sombra del jardín por la mañana. Entonces, como había visto a mis mayores con sus grandes cámaras fotográficas, ponía mis índices casi rozando la frente, los pulgares sujetando la máquina imaginaria, y apretaba el obturador. Esta bella costumbre me ha acompañado casi durante toda la vida, digo casi, porque recientemente he podido adquirir una cámara tecnológicamente aceptable para mis aspiraciones con la cual me deleito, sin olvidar en absoluto, todas las fotografías tomadas sin registro. Éstas las llevo espiritualmente, en la memoria, como el postulado de Goethe: la visión eidética.
Aparecen ahora los “ejercicios fotográficos”, tomar la fotografía sin registro. Aquella tarde en el Tigre cuando la luz entra por los ventanales del salón principal abriéndose paso entre la fronda y Elvirita de la Torre, sentada en una silla  con su cabello blanco lee, y me sonríe cuando apretó el obturador imaginario. Los rayos zigzagueantes en plena tarde desapareciendo absorbidos, tal vez, por mi concentración en el mural del pintor Monsegur, padre de mi querida cuñada,  tanto que los campesinos en esa muralla y la lluvia que comienza a caer por la entrada de la casa, yo arriba en la galería, frente a la escalera sacando la foto,  somos uno en la totalidad compleja del viento y la tormenta.
Hay otras fotografías sin registro con apoyo tecnológico: mi Liceo Manuel de Salas, sacadas desde la infancia hasta la adolescencia. Y claro, “existió el acto, el instante” como dice Sergio Larraín de momentos difíciles, reconocer a mi padre en la morgue de Santiago, despedirme en el parque Juan XXIII de Ñuñoa de mi amigo y alumno de mi progenitor, Carlos Godoy Lagarrigue con un abrazo fraternal, cuando sabíamos que nunca más, por las condiciones dictatoriales en nuestro país, nos veríamos. Ahí apreté el obturador con más fuerza en mis dedos, el “ejercicio fotográfico”, y gracias a él, tengo su última sonrisa, su convicción de lucha apoyado en una tortuga gigante de concreto - el parque tenía, no sé si tiene ahora monumentales animales que podían ser trepados por los niños, una jirafa, creo un hipopótamo – con sus últimas palabras de amor para su señora, hoy detenido desaparecido.
Hay otras “fotografías” donde la luz invade el recuerdo nítido, permitiéndome ver la belleza del instante: el abrazo con mi hermano antes que partiera de regreso a Barcelona, la mariposa naranja en mi almohada a los siete años, un retrato del Ché en mis años universitarios en la pared, mientras mudo a mi hija recién nacida, mi padre escuchando a Bhrams frente a la chimenea, el cuarteto de cuerdas de mi hermano y cada uno de sus integrantes: Renato Parada, Pablo Sanhueza, Alejandro Contreras y Gabriel, ésta es una fotografía tomada desde la escalera como a los diez años; mi amiga Carmen, abogada, hablando en mujeres por el NO, Laurita paseándose por el muelle de San Antonio y tirando volantes a pesar de su enfermedad, Allende en la Casa del Pueblo, mi tía Blanca Elena -hija de Marmaduke Grove - visitando a un joven drogadicto en la miseria total y abrazándolo, mi madre recogiendo frutillas sembradas en la entrada de autos, mitad verdes y rojizas, encuclillada con su sonrisa encantadora, el parrón de mi abuelo, su cuarto de herramientas, el primer carrito que nos construyó mi hermano para deslizarnos con ruedas de patín, el rezo de las últimas horas de la tarde de mis tías abuelas a la virgen incólume en el velador, yo en la ventana con mi dedo índice a punto de apretar el botón, encuadro sus rostros arrugados, sus lacios pelos canos, sus manitos devotas, sus largos dedos entrelazados en la quietud de la penumbra del estío.
Avanzando hacia la trascendencia como diría mi amigo Lucho, trasponiendo los límites individualistas, las fotografías sin registro alcanzan en la adultez una ampliación de la conciencia. De pronto me quedo ensimismada ante el haz de luz que se desliza en la ancianidad, en la enfermedad, en los primeros pasos del hijo o del nieto, alcanzando el lomo de un libro como si te dijera debes leerlo ahora, aunque ya lo leíste, revísame, o al contemplar un rayo de sol que da en el agua y reverbera sobre el techo en ondas atravesando los cristales de la ventana.
Pienso que, desde el pre kínder, “el ejercicio fotográfico sin registro” debiera ser parte de un currículum sanador, saludable, de los niños y de los adolescentes. Con él se despertaría, sin apoyo tecnológico, la capacidad de observación ligada a los afectos, la razón de dicha observación, el comentario de una fotografía eidética, generando la convivencialidad de la cooperación. Tal vez muchos niños y niñas vieran lo mismo, sólo colocándose los dedos índice y pulgares como un antifaz sobre sus ojos, jugando a ser fotógrafos y cooperando con sus diversas “tomas” a encontrar soluciones que saltan a la vista, entre las luces y sombras de la vida y el diálogo fraternal, guiados por sus maestros y maestras.
La formación educativa podría comenzar precisamente, en realizar los “ejercicios fotográficos”, con la luz y la belleza del mundo interno. Aquella capacidad cerebral de la celebración del asombro.
No requerimos de más. Imaginemos un aula para preescolares y las de los niños y niñas mayores en clases de ejercicios fotográficos, desparramándose por doquier buscando expresar una composición interna que se aclara u obscurece a la par de las vivencias y los focos de atención. Volviendo a dibujar, contar su fotografía o ponerla en movimiento corporal, comunicándose con sus compañeros y compañeras como si hubieran manipulado la mejor cámara del mundo.  Creo que lo óptimo se encuentra en nuestro cerebro, en el acto del registro, a pesar que Sergio Larraín nos pide liberarnos de las imágenes.